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domingo, 21 de mayo de 2017

LA OCULTA CIUDAD INTRATERRENA DE LIZ O DE LUZ




Las tradiciones relativas a un misterioso «mundo subterráneo», en donde reside el Rey del Mundo, se encuentran en las tradiciones de un gran número de pueblos. 



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No obstante, de una manera general, se podría observar que el «culto de las cavernas» está siempre más o menos ligado a la idea de un «lugar central o interior». Tanto en Asia central como en América y quizás en otras partes también, hay cavernas y subterráneos donde algunos centros iniciáticos han podido mantenerse desde hace siglos. Pero, al margen de este hecho, hay una parte simbólica. 



Y podemos pensar que son razones de orden simbólico las que han determinado la elección de lugares subterráneos para el establecimiento de esos centros iniciáticos. Alexandre Saint-Yves d’Alveydre habría podido explicar quizás este simbolismo, pero no lo hizo.. Según René Guénon, entre las tradiciones hay una que presenta un interés particular: se encuentra en el Judaísmo y concierne a una misteriosa ciudad llamada Liz o Luz. 

Este nombre era originariamente el del lugar donde Jacob tuvo el sueño de la escalera que une el Cielo y la Tierra, a consecuencia de lo que rebautizó a la ciudad de Liz como Bethel, es decir, «casa de Dios». Se dice que el «Ángel de la Muerte» no puede penetrar en esta ciudad y que no tiene ningún poder en ella. Y, por una aproximación bastante significativa, algunos la sitúan cerca del Alborj, que es igualmente, para los Persas, la «morada de la inmortalidad».

El ángel de la muerte o ángel exterminador es un enigmático personaje del que se ha hablado mucho y del que se sabe muy poco. Con este nombre nos referimos a un ser mencionado en la Biblia que provocó una gran mortandad. Para ser precisos, en las Sagradas Escrituras no aparece en ningún momento como “ángel de la muerte” o “ángel exterminador”. Aparece de hecho mencionado con el nombre menos terrorífico de “ángel de Jehová” o “ángel del Señor” y es el protagonista directo de un terrible suceso. 



En la Biblia aparece fugazmente citado en dos versículos. En Reyes se dice: “Aconteció que aquella misma noche salió el ángel de Jehová y mató en el campamento de los asirios a ciento ochenta y cinco mil hombres. A la hora de levantarse por la mañana, todo era cuerpos de muertos”.

 Y en Isaías se nos explica: “Y salió el ángel de Jehová y mató a ciento ochenta y cinco mil en el campamento de los asirios; y cuando se levantaron por la mañana, todo era cadáveres”. Del ángel de la muerte no sabemos apenas nada más. 

Tan sólo que fue enviado por Dios para acabar con el ejército del rey asirio Senaquerib. Este monarca era muy poderoso, había sometido ya a varias naciones y asediaba a Israel, de quien aseguraba que su dios, Yahvé, no sería capaz de salvarla. Israel no tenía capacidad militar para repeler el ataque de una nación tan poderosa y por ello el Señor envió un ángel para arrasar el ejército asirio. 



Tras esta atroz masacre, el rey asirio se retiró a su país. Y ahí acaba todo. Ya no sabemos nada más del ángel de la muerte. Por no saber no sabemos ni siquiera su nombre. Es cierto que el término “ángel del Señor” o “ángel de Jehová” aparece mencionado en la Biblia otras veces menos violentas. Sin embargo, no podemos estar seguros de que sea el mismo personaje ya que cuando se habla de “ángel del Señor” no tiene por qué ser uno concreto. 



Quizás el autor se refiera con ello a “un ángel enviado por Yahvé” que en una ocasión puede ser uno y en otra otro distinto. Al no indicarse su nombre no sabemos de quién se trata. Sólo que fue enviado por Dios para proteger a Israel y que mató 185.000 soldados en una sola noche. Existen teorías para todos los gustos: algunos afirman que es la muerte, otros que se llama Azrael. Lo único cierto es que sólo sabemos lo que pone en Reyes e Isaías. Todo lo demás son especulaciones.

Ahora bien, el centro del Lamaísmo no puede ser más que una imagen del verdadero «Centro del Mundo»; pero todos los centros de este género presentan, en cuanto a los lugares donde están establecidos, ciertas particularidades topográficas comunes, ya que estas particularidades, muy lejos de ser indiferentes, tienen un valor simbólico incontestable y, además, deben estar en relación con las leyes según las cuales actúan las «influencias espirituales»; esa es una cuestión que depende propiamente de la ciencia tradicional a la que se puede dar el nombre de «geografía sagrada».




Bajo otro aspecto, hay que establecer todavía una aproximación con el Cielo: a Luz se le llama la «ciudad azul», y este color, que es el del zafiro1 , es el color celeste. En la India, se dice que el color azul de la atmósfera se produce por la reflexión de la luz sobre una de las caras del Mêru, la cara meridional, que mira al Jambu-dwîpa, y que está hecha de zafiro; es fácil comprender que esto se refiere al mismo simbolismo. 



Volvamos a la palabra hebraica luz, cuyas diversas significaciones son muy dignas de atención: esta palabra tiene ordinariamente el sentido de «almendra» (y también de «almendro», puesto que designa por extensión tanto al árbol como a su fruto) o de «hueso»; ahora bien, el hueso es lo más interior y oculto que hay, y está enteramente cerrado, de ahí la idea de «inviolabilidad» (idea que se vuelve a encontrar en el nombre del Agarttha). 

La misma palabra luz es también el nombre dado a una partícula corporal indestructible, representada simbólicamente como un hueso muy duro y a la cual el alma permanecería ligada después de la muerte y hasta la resurrección. Como el hueso de la almendra contiene el germen, y como el hueso corporal contiene la médula, este luz contiene los elementos virtuales necesarios a la restauración del ser; y esta restauración se operará bajo la influencia del «rocío celeste», que revivifica las osamentas desecadas; es a esto a lo que hace alusión, de la manera más clara, esta palabra de San Pablo: «Sembrado en la corrupción, resucitará en la gloria». 




Aquí como siempre, la «gloria» se refiere a la Shekinah, considerada en el mundo superior y con la cual el «rocío celeste» tiene una estrecha relación, así como ya hemos podido darnos cuenta de ello precedentemente. Puesto que el luz es imperecedero, es, en el ser humano, el «núcleo de la inmortalidad», como el lugar que es designado por el mismo nombre es la «morada de la inmortalidad»: ahí se detiene, en los dos casos, el poder del «Ángel de la Muerte». 

Es en cierto modo el huevo o el embrión del Inmortal ; puede ser comparado también a la crisálida de donde debe salir la mariposa, comparación que traduce exactamente su papel en relación a la resurrección. Se sitúa al luz hacia la extremidad inferior de la columna vertebral; esto puede parecer bastante extraño, pero se aclara por una aproximación a lo que la tradición hindú dice de la fuerza llamada kundalinî, que es una forma de la Shakti considerada como inmanente en el ser humano. 

Esta fuerza es representada bajo la figura de una serpiente enrollada sobre sí misma, en una región del organismo sutil que corresponde precisamente también a la extremidad inferior de la columna vertebral; al menos es así en el hombre ordinario; pero, por el efecto de prácticas tales como las del Hatha-Yoga, ella se despierta, se despliega y se eleva a través de las «ruedas» (chakras) o «lotos» (kamalas) que responden a los diversos plexos, para alcanzar la región que corresponde al «tercer ojo», es decir, al ojo frontal de Shiva. 



Este estadio representa la restitución del «estado primordial», donde el hombre recupera el «sentido de la eternidad» y, por eso mismo, obtiene lo que hemos llamado en otra parte la inmortalidad virtual. Hasta aquí, todavía estamos en el estado humano; en una fase ulterior, kundalinî alcanza finalmente la coronilla de la cabeza, y esta última fase se refiere a la conquista efectiva de los estados superiores del Ser. 

Lo que parece resultar de esta aproximación, es que la localización del luz en la parte inferior del organismo se refiere solo a la condición de «hombre caído»; y, para la humanidad terrestre considerada en su conjunto, ocurre lo mismo con la localización del centro espiritual supremo en el «mundo subterráneo».