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sábado, 20 de julio de 2013

¿CUANDO ESTAMOS EN PRESENCIA DE UNA SECTA?




Siempre tienen la verdad, fuera de ellos todo es perdición y caos.

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Para que pueda darse la captación sectaria deben coincidir a un mismo tiempo —el "momento oportuno".

Las cuatro condiciones siguientes:

1. Tener un perfil de personalidad presectaria.

2. Estar atravesando un momento de crisis  derivado de una circunstancia puntual y anómala y/o de algún problema largo tiempo sostenido especialmente grave y doloroso que haga rebosar la capacidad del sujeto para resistir el estrés y la ansiedad.

3. Ser contactado de un modo adecuado, que pueda ser tenido en cuenta por el sujeto por un reclutador sectario (conocido o no de la víctima).

4. Que el mensaje sectario propuesto encaje con las necesidades, intereses y mentalidad del sujeto.






¿CUANDO ESTAMOS EN PRESENCIA DE UN GRUPO O SECTA?




                         


1. Ser un grupo cohesionado por una doctrina —religiosa o socio-trascendente en general— transmitida de forma demagógica y encabezado por un líder carismático que pretende ser la misma divinidad o un elegido por ella, o bien un poseedor de la Verdad Absoluta en cualquier ámbito social.

2. Tener una estructura teocrática, vertical y totalitaria, donde la palabra de los dirigentes es dogma de fe. Los líderes intervienen hasta en los detalles más íntimos y personales de sus adeptos y exigen que sus órdenes sean ejecutadas sin la menor crítica.

3. Exigir una adhesión total al grupo y obligar —bajo presión psicológica— a distanciarse de todas o parte de las relaciones sociales y lazos afectivos —padres, pareja, amigos...— y/o de las actividades —trabajo, estudios, ocio, etc.— anteriores al ingreso en la secta. Cuando cualquier relación personal deviene crítica contra el grupo, el distanciamiento inicial suele acabar en ruptura absoluta.

4. Vivir en una comunidad cerrada o en total dependencia del grupo (a diferencia de décadas anteriores, hoy muchas SD ya no obligan a sus adeptos a vivir de forma comunitaria y les permiten vivir con sus familias, pero conservan el control sobre ellos mediante frecuentes y obligados contactos personales —a menudo diarios— en los centros de la secta y, también, telefónicos).

5. Suprimir en mayor o menor medida —y bajo diferentes subterfugios doctrinales— las libertades individuales y el derecho a la intimidad.

6. Controlar la información que llega hasta los adeptos —a través del correo, teléfono, prensa, libros...— ocultándola y/o manipulándola a su conveniencia, y prohibiendo toda relación con los ex adeptos que son críticos con el grupo.

7. Utilizar un conjunto de técnicas de manipulación, de persuasión coercitiva, enmascaradas bajo actividades tan lícitas y neutrales como la meditación o el renacimiento espiritual, que propician el deterioro de la voluntad y capacidad de reflexión y razonamiento de los adeptos y pueden desencadenar problemas psicológicos más o menos graves.

8. Propugnar un rechazo total de la sociedad y de sus instituciones. Fuera del grupo todos son enemigos —polarización entre el Bien/secta y el Mal/sociedad—, la sociedad es basura y las personas que viven en ella sólo interesan en la medida en que puedan servir al grupo y sus intereses.

9. Tener como actividades primordiales el proselitismo —lograr el ingreso de nuevos adeptos—, practicado mediante estrategias encubiertas y/o ilegítimas, y la recaudación de dinero —por medio de cuestaciones callejeras, cursos, actividades comerciales e industriales e incluso, en algunos grupos, claramente delictivas—. En el caso de las sectas multinacionales, buena parte del dinero recaudado es enviado a las centrales de cada grupo.

10. Obtener, bajo coacción psicológica, la entrega a la secta del patrimonio personal de los adeptos o de considerables sumas de dinero en concepto de cursillos, auditaciones, terapias, donaciones, etc. Los miembros que trabajan en el exterior del grupo tienen que entregar todo o gran parte de su salario a la secta y los que lo hacen en empresas propiedad del grupo no cobran salarios (las nóminas de esas empresas sectarias sólo son una cobertura legal, ya que para sus adeptos/mano de obra nunca llegan a hacerse efectivas o, de hacerse, éstos devuelven luego su paga a la secta, ya sea bajo forma de donación —a una entidad sectaria legalizada como «no lucrativa»— o, más comúnmente, como dinero negro).

Estos puntos, naturalmente, describen situaciones detectables por cualquier observador pero, de hecho, casi todos ellos representan trasgresiones a la legalidad vigente. Si se utilizan como pautas para analizar los grupos que puedan parecer sospechosos, podrá disponerse de un buen barómetro para intuir situaciones de riesgo. De hecho, lo que aquí hemos definido como una dinámica de sectarismo destructivo no es exclusiva de aquellos grupos que popularmente se tildan de «sectas», antes al contrario, también es posible -y frecuente- que se dé en el seno de grupos socialmente aceptados y/o pertenecientes a instituciones respetables. Pero, sea dónde fuere que se dé el sectarismo destructivo, su capacidad para dañar al individuo es idéntica y, por tanto, debe ser igualmente criticable y, en su caso, perseguible.



¿QUÉ OFRECEN LAS SECTAS?


La oferta de las sectas no tiene ningún misterio especial. Básicamente, ofrecen cosas para hacer, creencias para orientar la vida y un grupo de gente con quien hacer y compartir. Dan un norte y proporcionan identidad a sujetos que no la encontraban. Satisfacen necesidades de afiliación y afecto que otros no habían sabido llenar antes... y un largo etcétera.

Nuestras vivencias son siempre subjetivas, así es que, desde el punto de vista de un sectario, no importa demasiado lo que pase de verdad en una secta (la explotación de los adeptos, pérdida de libertad, etc.) dado que lo fundamental será siempre la vivencia experimentada por el propio sectario. Nadie sigue haciendo nada que no le mejore su estado (o percepción del mismo) anterior, así es que si un adepto sectario permanece en un grupo es porque las ventajas subjetivas que cree obtener son superiores a las desventajas y se siente mejor dentro que fuera.

La gente no está secuestrada dentro de una secta, de la misma manera que a nadie se le obliga a consumir drogas hasta convertirse en adicto. En uno y otro caso, la "oferta" que proviene del mundo de la droga o de la secta sólo resulta atractiva, en muchos casos irresistible, para aquellos que presentan un perfil de riesgo pre sectario o preadictivo, pero no para el resto de las personas. Lo que engancha a una secta no es lo qué se cree, sino el cómo se cree, el entorno grupal que es capaz de generar sensación de bienestar y seguridad en personas que han sido incapaces de lograrlo de otra forma.

La adicción, ya sea drogadicción o sectadependencia, no es algo que genera un traficante de drogas o una secta, sino una forma inadecuada y patológica de reducir la ansiedad a la que recurren ciertas personas con un determinado perfil de fragilidad. El traficante o la secta manipulan y explotan a su clientela, son delincuentes, pero a los adictos no los "fabrican" ellos sino nosotros.

La personalidad adictiva o presectaria es una consecuencia de nuestros errores en el proceso de maduración y socialización de los hijos. Para someter a una persona frágil no hace falta recurrir al uso de drogas o de técnicas de "lavado de cerebro", basta con hurgar en su propia debilidad y proponerle algo que le haga sentir mejor. Ese es el "secreto" y la fuerza de cualquier dinámica de sectarismo destructivo.



¿Qué pasó con la desprogramación, ya no se realiza?


                            




La des-programación era el equivalente a la primera fase de desintoxicación de un drogadicto, que consiste en aislarle del contexto que le abastece de droga, confrontando su propia realidad en la secta, lo que él percibía, con la información exterior.

La desprogramación fue una solución desesperada de gente desesperada. Estamos hablando de finales de los 60 y principios de los 70 y de familias que tuvieron que improvisar una técnica terapéutica para recuperar a sus parientes sectadependientes.

La desprogramación, cuando se hacía con respeto no era nada agresiva, pero, como en toda vía terapéutica, hubo desprogramadores que lo hacían muy bien y otros que cometieron importantes abusos.

El problema fundamental de la desprogramación era que había que mantener aislada a una persona contra su voluntad, no siempre, pero casi siempre.

Y eso supone un delito de retención ilegal. En Estados Unidos hubo algunas sentencias que justificaron el delito de secuestro argumentando que se había cometido para evitar un mal mayor como era la destrucción de la personalidad del sectario; pero otras condenaron a los padres y a los participantes por qué, mal mayor o no, se había cometido un delito.

Con el tiempo, la desprogramación acabó quedando en manos de gente casi tan fanática como los propios sectarios que pretendían combatir y se empezaron a cometer abusos importantes hasta que, finalmente, se abandonó esta técnica. Ahora bien, no hay que olvidar que, gracias a la desprogramación, miles de personas consiguieron liberarse de su adicción y rehacer sus vidas. Para unos, la desprogramación fue lo mejor que les pudo suceder y cantan sus excelencias, otros, en cambio, la satanizan con virulencia.

¿En qué momento ya no se puede hacer nada para abordar un problema de "sectas"?

Quizá muchas veces no resulte nada fácil, pero nunca es tarde para actuar. Siempre se pueden hacer cosas para prevenir, para solucionar o para aminorar el problema, pero jamás es tarde si se quiere hacer algo para que las cosas cambien. Nunca jamás es tarde.